sábado, 29 de noviembre de 2008

miércoles, 22 de octubre de 2008

Te lo digo en un susurro


"EN TODOS LOS LUGARES DONDE HAY UNA MANCHA DE COLOR,
UNA NOTA DE UN CANTO,
UNA GRACIA DE LA FORMA,
HAY UNA LLAMADA A NUESTRO AMOR."

RABINDRAHATH TAGORE

viernes, 26 de septiembre de 2008

YA SE FUE LA CIUDAD



Cómo marcha el reloj sin darse prisa
con tal seguridad que se come los años:
los días son pequeñas y pasajeras uvas,
los meses se destiñen descolgados del tiempo.
Se va, se va el minuto hacía atrás, disparado
por la más inmutable artillería
y de pronto nos queda sólo un año para irnos,
un mes, un día, y llega la muerte al calendario.
Nadie pudo parar el agua que huye,
no se detuvo con amor ni pensamiento,
siguió, siguió corriendo entre el sol y los seres,
y nos mató su estrofa pasajera.
Hasta que al fin caemos en el tiempo, tendidos,
y nos lleva, y ya nos fuimos, muertos,
arrastrados sin ser, hasta no ser ni sombra,
ni polvo, ni palabra, y allí se queda todo
y en la ciudad en donde no viviremos más
se quedaron vacíos los trajes y el orgullo.

(Esto es demasiado bello para haberlo escrito yo; es de Pablo Neruda, claro).

Triste, sí, pero lleno de bellas expresiones y metáforas: "el reloj... que se come los años; ... los meses se destiñen...; los días son ... pequeñas uvas... parar el agua que huye..."

sábado, 13 de septiembre de 2008

Momentos



Paseo la mirada.

Silencio.

El verde de los árboles languidece

y el azul del cielo plata y bronce.

Se detiene el tiempo.

Silencio.


jueves, 28 de agosto de 2008

Se ocultan en los bosques...


Aurea


Ocurrió el mismo día en que absurda y casualmente fui liberada de las ligaduras que me mantenían prisionera a causa de un maléfico encantamiento.

El causante de mi vida cautiva fue el cruel y descomunal gigante Ojancón que, cuando me descubrió agazapada en una grieta, bajo una impresionante llambria a la que la ventisca me arrastró, bramó y maldijo de tal manera que acudieron el manada las más siniestras de las brujucas que cabalgan entre las negras tempestades.

Para mi desgracia, aquella era la entrada de su oculta gruta, allá en el pico más alto de la montaña. Cómo sus dedos enormes no podían atraparme dejó encargado a las maléficas arpías que se cuidaran de imponerme un perverso castigo.

La tarea impuesta, desde tiempo inmemorial, fue que permaneciera en un lugar de donde no podría marchar a menos que alguien me liberara; para deshacer el maleficio debían desanudar el hilo de oro de cuyo extremo estaba atada.

Viví en la umbría, entre el tupido musgo y la hojarasca, o zambullida en las cristalinas aguas de un recóndito arroyo, cerca del cual se supone que hay escondido un tesoro que debía proteger, o eso me dijo el monstruo velludo de un solo ojo entre carcajadas atronadoras; yo nunca lo he llegado a ver.

Mi salvador involuntario apareció de repente con sus ropas extrañas y su máquina espantosa que al parecer llaman bicicleta, irrumpiendo bruscamente en mi espacio tranquilo y natural. Pedaleaba sin parar, tronchara lo que tronchara, sesgara lo que sesgara. Cuando le vi, enseguida pensé horrorizada:

¡Dónde vamos a llegar, ya no se respeta nada!

Pero mis asombrados ojos observaron como el extremo del fino hilo de oro del que vivía atrapada, se enredaba en una de las ruedas embarradas que, en su giro incesante, arrastró y se lo llevó hasta tensarlo. Sentí la presión primero, después un fuerte tirón y finalmente se rompió ¡estaba liberada!

Corrí hacia los prados soleados y me revolqué en su hierba verde y blanda, después me dejé deslizar por una mullida alfombra de hojas húmedas; amarillas, marrones, ocres, rojas… Me encaramé, por fin, a las flexibles ramas de unos avellanos y sentí sus vibraciones mágicas. Fue allí donde llegaron hasta mis sensibles oídos sus voces pequeñas, cómo lo eran ellos. Eran dos duendes, un zahorí y un trasgo.

Los vi sentados sobre una de las raíces que sobresalían de la tierra, a los pies de un imponente castaño de hojas amarillas. Eran dos seres feéricos como lo era yo, que cuchicheaban:

— ¿Te fijaste que este año no ha salido todavía a recoger castañas? –Dijo uno al que le sobresalía de su redonda cara una nariz larga y afilada.

— ¿El qué? ¿De quién me hablas? –le replicó el otro de cara azul y del que me llamó la atención su vestimenta confeccionada a base de cortezas de aliso rojo.

— ¡Mira que eres bobo; de Mária, te hablo de Mária!

— ¡Ah!, ¡Uf!, ¿Y qué? jjje, jé…

— ¡Mira que eres desagradable! ¡No tiene gracia!

—Mira que eres bobo, mira que eres desagradable… Mira que eres impertinente, tú, cara bola –replicó gruñón.

Y tras decir estas palabras, de un brinco subió a una de las ramas y se colocó de espaldas al otro.

Dejé de escucharles, desconecté, ya que no me interesaba su cháchara. Pero si llamó mi atención el nombre que había pronunciado, Mária.

Yo la conocía desde que se instaló cómoda y confiada en la barriga de su madre, que le dio por parirla bajando de las brañas, cerca de mi arroyo. Así que yo escuché su primer llanto y fueron mis aguas las primera que recibió su piel rosada. Fue entonces cuando le hice un maravilloso regalo, un don, que la ha hecho, sin saberlo, diferente a los demás humanos.

La vi crecer y envejecer y, era cierto, ahora que lo pensaba, no la había visto recoger moras pasado los calores, ni setas con las primeras lluvias… tampoco recogió castañas.

Iré a verla, me dije preocupada.

Moví mis diminutas y transparentes alas y como una libélula, atravesé el bosque dejándome llevar por los aires que ya eran fríos y revueltos.

Vi en su prado la casuca de piedra y tejas oscurecidas por el tiempo y me posé entre las plantas que casi reventaban las macetas y que llenaban de ramas, hojas y flores, la barandilla del largo balcón con cubierta de madera.

No había luz y reinaba el silencio. La chimenea sin humos estaba fría; por ella entré.

¿No había nadie allí? ¿Y los cinco gatos y los cuatro perros que siempre se movían a su antojo y buscaban constantemente su compañía?

¡Mária se ha mudado!… ¡qué raro! -pensé.

Al subir, sobre la bonita baranda de madera barnizada de la escalera, pude percibir lo que me pareció un débil aliento.

Entré en la oscura habitación y de la ancha cama me llegaron los ahogos de una respiración lenta y apagada.

¡Era Mária! Y sentí una punzada de dolor, que me recorrió todo el cuerpo, cuando me acerqué a su mano sarmentosa y percibí su pulso frágil en exceso. Llegué hasta su cara pálida y arrugada ¡Cuánto había envejecido desde la ultima vez que la vi por el bosque, recolectando hierbas medicinales!

Un estremecimiento me sacudió haciendo que perdiera el equilibrio y quedara echada sobre su fría almohada.

¿Qué hacer? -Me dije inquieta.

Mis poderes de jana, en parte oxidado por tantas humedades, en parte debilitado por tanta contaminación, habían menguado, pocos me quedaban.

Pero como aquello demandaba una urgente solución, se me ocurrió pensar entonces que lo mejor era gastar lo poco que aún tenía en engrandecer mi tamaño y transformarme en humana. Sabía que era una decisión sin retorno posible, que mi vida cambiaría tanto, tanto, que igual no lo resistía y que… un día moriría. Pero la decisión ya estaba tomada, quería quedarme allí con ella, para ayudarla.

Entonces fuera sopló fuerte el viento y percibí cómo se agitaban las ramas del alto Tejo protector de aquella casa; hasta mí llegó su sonido, algo así como un largo clamor, como miríadas de susurros y siseos.

Dejé de ser pequeña, pasando a tener el cuerpo de una mujer aún joven, delgada y de mediana estatura. Sí mantuve mi larga y abundante cabellera dorada, mis ojos azules y mi piel seguía siendo muy blanca. Rápidamente me puse en acción. Coloqué más mantas sobre la cama; necesitaba calor. Encendí la chimenea para caldear el frío ambiente de la casa. Cómo entonces noté que algún extraño poder permanecía en mí, envié con mi mente un mensaje pidiendo ayuda, necesitaba urgentemente cortezas, hojas, raíces, ramas de los árboles mágicos; robles, fresnos, avellanos, manzanos…

Y rápido apareció el duendecillo de cara redonda y nariz larga y afilada que corriendo con sus zapatos de madera de fresno parecía volar, tan rápido iba que al llegar formó un remolino de hojas, raíces, tronquitos y láminas de corteza y de él solo se vieron sus sorprendentes zapatitos.

Pronto los vahos de la cocción invadieron la cocina y se esparcieron por toda la casa, llegando hasta la habitación donde parecía que la vida de la anciana se apagaba.

Acerqué a sus labios resecos la escudilla y, lentamente, comenzó el brebaje a iniciar su recorrido benéfico; la boca, la garganta… Pasó lento en tiempo y al fin Mária entreabrió los ojos y dirigió hacia mí, aún turbia, su mirada.

La sonreí.

Todo esto que os he contado sucedió el mismo día que absurda y casualmente fui liberada de las ligaduras que me mantuvieron prisionera a causa de un maléfico encantamiento.